martes, 20 de julio de 2010

Cableluz

El siguiente es un post bien largo. Quizá demasiado largo para mi blog.

Y ya que hago, esta vez, la excepción de publicar algo más largo de lo habitual, también voy a hacer la excepción de explicar un poco de que viene la mano, con la esperanza de profundizarle el viaje a quien lo lea.
La joda es así: ya varias veces, venía surgiéndome la idea de contar imágenes que se me ocurrían al escuchar música, sobre todo determinadas veces en las que lo que sonaba era instrumental y lo que se percibía excedía la “realidad ordinaria”. Historias que dejo que se vayan hilando tras la primer imagen inconciente que se me aparece en la cabeza, capturo un cuadro y lo dejo desarrollarse libremente, sin pensar en el camino que va a tomar, ni en ninguna estructura en particular. Más adelante me di cuenta que esto me pasaba también con la música cantada, con letras, solo que para esto debía dejar de lado la concepción simbólica del lenguaje, por momentos y alejarme de los indicios culturales de las letras, simplemente tomar las palabras como una energía más que me llena de sensaciones y desarrollar la imagen codificada que mi ser devolvía de este estimulo.
Entonces, esto es eso. Tomé una canción de Cielo Razzo que me gusta mucho y me trae muchas imágenes, la puse en marcha, robé la primer imagen inconciente, pero clara, que mi cabeza devolvió al estimulo y dejé que se desarrolle una historia apartir de eso, sin reparar en ningún tipo de estructura.
Recomiendo entonces, leer el texto e inmediatamente después escuchar la canción que adjunto debajo, hacer el camino inverso al mío, o eso es lo que deseo. Ojalá tengan un buen viaje.






El próximo diluvio los vuelvo a ver…

Un vago de mil caravanas







Cableluz


El día que me trajeron, apenas entré me metieron en la sala de cirugía, me sentaron en una silla, me pusieron un trapo en la boca, ataron mi cabeza hacia atrás con un cinturón de cuero, me vendaron los ojos con un trapo mojado, luego sentí un gran dolor debajo de la garganta, justo sobre el esternón y perdí el conocimiento.
Desperté aquí, en esta habitación donde vivo hace ya muchos años, al despertar no había otra cosa en el mundo que pudiera percibir más que un dolor inmenso en todo el cuello y el pecho, no había lugar en mi existencia para otra cosa que no fuera ese dolor, me apoyé las manos y recorrí lentamente la zona, con miedo a descubrir algún hueso que saliera hacia fuera, roto; tenía la sensación de que estaba todo fracturado, apenas podía respirar; cuando llegué a la parte superior de mi pecho, justo debajo de mi garganta, me di cuenta de que el dolor provenía de allí y entonces recordé toda la escena de mi llegada hasta el momento en que me desvanecí. Apresurado, pero con cuidado, lleve mi manos hacia el sitio del dolor y al poyar mis dedos me sorprendió sentir un pedazo de metal, volví a recorrer la zona una y otra vez con la sospecha de que estaba desvariando, pero siempre sentía lo mismo: un aro de metal, de aproximadamente dos centímetros de diámetro y que en su centro se extendía hacia adentro de mi pecho… (¿?). Abrí los ojos entonces y no vi nada, negro, negro, todo negro… Temí estar ciego y me desesperé, pero unos segundos más tarde, encontré una línea de luz amarillenta y fina que se trazaba por debajo de mi escena y lentamente entendí que estaba en un lugar oscuro, en donde se filtraba un pequeño has de luz artificial por debajo de la puerta. Intente incorporarme para acercarme hasta la puerta y no lo logré, entonces me invadió una angustia sin medida y comencé a llorar. Lloré sin consuelo durante largo rato, por horas. Frente a mis ojos, la luz se fue haciendo un poco más clara y más intensa pero demasiado escasa como para que yo pudiera ver nada dentro de la habitación, entendí que había amanecido y aparentemente la puerta estaba frente a un ventana que daba al este por donde el sol salía, porque a medida que el tiempo transcurría el has de luz debajo de la puerta se hacía más pequeño aunque seguía siendo de luz natural, concluí que era la luz del sol que a medida, que se elevaba cruzando el cielo y quedando sobre el techo del lugar donde estaba y por eso disminuía la intensidad de la luz.
Al cabo de dos días no había oído siquiera una voz. El dolor en mi pecho disminuyó y empecé a sentir mis piernas aunque no lograba ponerme en pie, todavía. No entendía que era lo que había en mi pecho, pero mi confusión era tal que no me importaba mucho, estaba sucio, mojado y temblando, no sabía si de frío o que… Tenía una manta gruesa encima que olía a tierra vieja y humedad, estaba desnudo y sentía la boca seca como un manojo de cal. (…)
Al tercer día, unos minutos después de que amaneciera, sentí el ruido de una puerta que se abrió a unos metros de mi habitación y unos pasos que se detuvieron a unos pocos metros de la puerta por donde se filtraba mi has de luz y comenzó una conversación que no llegaba a oír bien, entre tres personas aparentemente. Los pasos volvieron a andar, en dirección hacia mi habitación, se detuvieron frente a la puerta, se escucho el ruido de un llavero en movimiento, un pasador que se corrió, la puerta cedió a la presión externa con un ruido húmedo y se abrió de par en par con una luz que me encegueció. Tres personas se acercaron a mí, antes de que pueda decir nada me ataron un trapo en la boca y me echaron la manta en la cabeza, me levantaron del piso y me arrastraron hacía afuera de la habitación y luego por un pasillo largo y frío, unos veinte metros; entramos a un cuarto que olía a amoníaco y humedad, me echaron sobre un sillón de cuero y metal grande y entonces sentí un golpe de puño en la boca del estomago que me dejo sin aire y enseguida otro en la sien que me noqueó y me alteró todas las percepciones de los sentidos. Me quitaron la manta de encima y enseguida pusieron una venda en mis ojos o algo así, me ataron las manos y los pies con cintas de cuero. Hubo un momento de silencio y quietud y luego una mano tomo fuerte mi pelo llevando mi cabeza hacia atrás por sobre el respaldo del sillón y pude reconocer acomodándose en mi cabeza el mismo cinturón de cuero que unas noches atrás.
Casi un silencio de segundos, luego unos sonidos extraños, sentí que alguien se acercaba a mí y luego el atragantado horror de que algo de metal entraba en el aro de metal sobre mi esternón; quise insultar, pero ya no pude. Luego escuche una voz que dijo: “En marcha” y un torbellino doloroso atravesó todos mis sentidos, trasladándome a otro lugar, otra percepción, otra tristeza más profunda.
Apenas sentí un susurro suave de arenas en los oídos, entonces abrí los ojos y te vi acercarte hacia mí corriendo, detrás de ti, los relámpagos del miedo y la persecución intentaban alcanzarte peleando por moverse en aguas negras y brillantes que se abrían tras tus pasos como un corte de navaja en medio de un desierto blanco y negro. Intenté levantarme para ir a tu encuentro y no lo logré, vos aceleraste el paso y de un salto te pusiste de rodillas frente a mí cuerpo desvalido, me acariciaste la cabeza, tomaste con tus dos manos mi cara y lloraste desconsoladamente apoyando tu frente contra la mía. Al cabo de unos segundos suspiraste profundo y tomaste aire como para decir unas palabras, entonces levante mi vista y ahí te encontré; me sorprendieron como siempre; tus dos pupilas de luna y tu rostro sin piel… Me dijiste: “No te preocupes, te llevo conmigo”.
Cruzamos interminables dunas, yo siempre en tus brazos y los ruidos de los lobos detrás. Recuerdo que en ese momento pensaba que no habría mejor forma de morir que en tus brazos, que si había un aroma que hubiera querido llevarme a la eternidad era precisamente ese, el de tu piel transpirada de sal. No había, entonces, dolor más placentero. Al alcanzarnos la noche hiciste un refugio con piedras y encendiste un fuego. Mi cuerpo estaba cada vez más deteriorado por las descargas, apenas podía mantener los ojos abiertos. Sin embargo, al verte, tan blanca y cuidadosa conmigo, acompañándome hasta lo que yo percibía que era el fin, podía entender que esa no era la peor tortura y que lo que sucedía era parte del camino que andábamos, que amarte era así, que nada por fuera de eso era mejor… Lloré de todos modos, vos te sentaste frente a mí y me dijiste: “Todo va a estar bien, no te va a suceder nada. Es solo tu cuerpo, tu alma sigue intacta”.Sentí una descarga más y el corazón a punto de pararse, sentí deseos de irme, tuve la sensación de no poder resistir otra descarga. Me tomaste las manos fuertes, te mire y me dijiste, “ese cuerpo está muerto, mantente tranquilo…” y llevándote el dedo índice de tu mano derecha a los labios me hiciste el gesto de silencio.
Te pusiste de pie, dijiste algunas palabras en un idioma que no entendí, te quitaste tus ropas de guerra y se desato un viento feroz y compañero. Bailaste tu danza de invocación sin quitarme los ojos de encima. Desde el piso pude ver a las estrellas bailar contigo aquella noche, el viento cantando para ti, la muerte deteniéndose un segundo, la pureza toda en un lugar.
Apoyaste tu mano sobre mi herida y con el viento soplándote por encima me dijiste que debías marcharte y que yo debía hacer lo mismo. Besaste por última vez ese cuerpo y desapareciste con la arena. No lloré la despedida, cerré los ojos y me quede para siempre, alegremente, del lado del dolor.


2 comentarios:

Gabriela dijo...

Ufff!
Es largo eh!
Justo hoy tengo tiempo, entonces leo plácidamente, y escucho el temita desp...
Vi tu relato. En blanco y negro, pero super fragante(¿?) Sensorial!(duele ahí!!)
Suelo escuchar musica del mundo mientras miro mis días... Igual, pero al revés.

Y a veces esa otra realidad...me motiva más.

Abrazos reales

Mayde Molina dijo...

Eres increíble, cuanta imaginación...Me ha gustado mucho, se vive completamente.
Yo también andaba escribiendo estos días un relato sobre el lugar del cual sueño que venimos y al que tal vez vayamos... pero aún no lo termine :)
Un abrazo y a seguir escuchando músicas que te hagan imaginar y escribir así de bien.

Por cierto... qué es un lunfardero??